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La Coctelera

PONENCIA DE TOMAS ABRAHAM

Es la quinta vez en algo más de un año que les hablo a
militantes socialistas. La primera vez fue en el congreso nacional de la
juventud socialista realizado en San Luis. Luego Hermes Binner me invitó
a una discusión abierta con su grupo de trabajo en la ciudad de Rosario. Hablé
para la apertura del
congreso de la Federación Agraria, y finalmente, hace unos meses, en la sede
del partido
socialista de
la ciudad de La Plata.

Para poder encontrar una línea de fuerza, una problemática
constante en mis comunicaciones, debo despejar un poco la maleza y percibo la
insistencia en dos temas. Uno es la aceptación de la modernidad, el interés por
ella, y la apertura a
una discusión permanente sobre las experiencias políticas y los nuevos
procedimientos en la gestión económica del mundo globalizado. El otro es el
ponerse a trabajar en las cuestiones concretas y ser prácticos en la visión de
la política.

Indudablemente tengo un arraigado escepticismo respecto de la
política como una forma de la retórica, fundamentalmente del pontificado
moralizador. No porque la honestidad no sea un valor necesario para que la
sociedad tenga confianza en sus dirigentes, sino porque la declamación moral es
una de las mejores formas que la sociedad argentina ha encontrado para dejar
que todo siga como está. El sentimentalismo ha ocupado el lugar de la
inteligencia, y cuando esto ocurre lo que sucede es que no se llegan a conocer
los problemas y menos a ofrecer soluciones.

Por otra parte, respecto de la política nacional, me ha
parecido que la mejor forma de ofrecer una alternativa política a la sociedad
argentina es justamente eso, mostrarse como alternativa y no enarbolar la
palabra oposición. No porque no haya que oponerse, sino para oponerse de otro
modo, de un modo más creíble.

No hay ejercicio más fácil, labor de menor costo, que
encontrar las falencias de una política gubernamental, y subrayar los rasgos
negativos de una conducción. Lo saben los que gobiernan y los que alguna vez
gobernaron, y los que gobernarán. Por eso el ejercicio de la gestión pública,
la confrontación diaria con los problemas de la comunidad, la permanente
negociación con grupos de intereses que defienden sus espacios de poder y el
entrevero de la puja sectorial, es lo que mejor prepara a un político.

Insisto en la formación del político. La gestión es sin duda
en donde se foguea la práctica y en donde se dirimen las luchas de la dinámica
social, pero la preparación para esta gestión necesariamente le es anterior y a
la vez debe ser permanente. De ahí que creo que los jóvenes deben comprender
que ser socialista no es una entidad semejante a ser hincha de un club de
fútbol, es una responsabilidad y una disciplina.

La temática de los derechos humanos, la de la solidaridad
social, la de la equidad, son principios básicos para la elección de una vía
progresista. Pero no es suficiente y les diré por qué hallo en esto alguna
dificultad.

Una es que estos principios no distinguen a las fuerzas
políticas entre sí, porque no hay ninguna que no se reclame defensora de los
mismos. Son parte del acerbo civilizatorio y se practique o no, de modo sincero
o hipócrita, ya no distingue formaciones ideológicas antagónicas y allí en
donde debería separar no hace más que confundir. Para que la prédica por los
derechos humanos sea eficaz y tenga proyección educativa debe ser ella también
concreta. Con esto quiero decir que es en el presente, en las garantías
ciudadanas respecto de la actualidad y no tanto en los retornos arbitrarios y
oportunistas al pasado en donde se construye una mejor sociedad para el futuro.

Que el mundo ha cambiado ya es una obviedad, casi una
banalidad. Pero que se hayan sacado las consecuencias de estos cambios, es un
asunto muy diferente. Así como se dice que nuestro país demoró demasiado tiempo
en aceptar que los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial, y que EE.UU.
marcaría los tiempos por venir, del mismo modo hay una cierta resistencia a
aceptar que en el año 1989 algo pasó en la geopolítica mundial. Las fechas por
supuesto son arbitrarias, no es que lo sucedido con el fin del acuerdo de
Bretton Woods en los setenta y la libre circulación de
capitales financieros o los petrodólares no se ponderen como hechos decisivos
de las últimas décadas, pero no tienen la resonancia cultural que sí tiene el
desmoronamiento del socialismo de Estado, la nueva Unión Europea, y el inédito
y poderosísimo modelo chino en la actualidad.

La idea de trabajo ha cambiado, la estabilidad laboral parece
de otra época, la pertenencia a instituciones consolidadas durante el siglo XX como los sindicatos,
el funcionarato estatal, la misma inclusión y sentimiento de pertenencia en
corporaciones públicas y privadas, el valor de la lealtad, el de la
experiencia, el mismo reconocimiento de un trabajo bien hecho, han sido
vapuleados en el terreno de los valores y en el de la realidad. Velocidad,
brevedad y novedad parecen ser los íconos de estos tiempos.

El sociólogo norteamericano Richard Sennet, en sus últimos e
interesantísimos trabajos dedicados a las consecuencias culturales de los
tiempos modernos en este –él lo llama así– Nuevo Capitalismo, señala los
cambios en los siguientes aspectos: la globalización de la fuerza laboral, la
importancia de la revolución informática, la presión de una temporalidad regida
por el cortoplacismo, la desvalorización de la experiencia acumulada, la falta
de instituciones que otorguen a individuos y grupos una identidad personal y
colectiva, y las consecuencias morales que trae un mundo de flexibilización e
imprevisión en las relaciones humanas, se refiere a la indiferencia, a la
anestesia emotiva y fatiga moral por saturación icónica e informativa.

Una posición progresista en la política no asegura la lucidez
respecto de la comprensión de estos fenómenos. Ni es una garantía ética ni una
ventaja cognitiva. La palabra izquierda como la palabra derecha no son
incuestionables vallas que dividen a la humanidad en dos bloques morales. Los
crímenes que se pueden perpetrar a los pueblos en nombre de la justicia de
clase, el terrorismo criminal que se justifica en valores de liberación, las
políticas estatales que a cambio de sistemas eficientes de salud diagraman un
aparato policial que no tiene fronteras y hace de cada rincón de la sociedad civil un antro
de espías, conlleva a que no se pueda en nombre de la izquierda asegurarse complicidad
alguna que sitúe a sus protagonistas en el lugar del Bien y en la
representación y defensa de la Víctima.

Raymond Aron, un maestro de la sociología moderna, en los
tiempos en que la intelectualidad francesa era hegemonizada por la figura de
Sartre, decía cosas de reaccionario. Pensaba que izquierdas y derechas se
remitían a dos concepciones acerca del cambio en la sociedad. No definía a la
derecha según la tradición ideológica como defensora del statu quo, ni
inscribía a la izquierda en el frontispicio de la revolución.

Por supuesto que estas cosas tildadas de reaccionarias fueron
retraducidas en reinvindicaciones humanistas luego de los crímenes de Camboya y
de la lucha por los derechos humanos en Polonia. Allí Aron fue saludado por el
mismo Sartre.

El pensamiento de izquierda puede ser muy conservador, no en
un sentido político, sino existencial. Conservador por no atreverse a pensar, a
plantearse preguntas incómodas, a no aceptar los límites que imponen la cultura
y la realidad histórica de los pueblos, por miedo a quedarse sin doctrina, por
temor a cambiar.

Siempre habrá maximalistas y extremistas políticos, gente de
barricada y encapuchados. No se puede negar que la resistencia y la defensa
propia de comunidades y pueblos no son sólo retóricas y que la desesperación
lleva a luchar contra dictaduras, terrorismo de Estado, mafias parapoliciales,
por medios violentos. Los resultados de estas batallas pertenecen a la misma
catástrofe que las provoca. Una nueva tiranía o la fragmentación territorial conforman
el nuevo paisaje diezmado.

Tampoco faltarán ideólogos e intelectuales que busquen
prestigios personales estimulando actitudes suicidas o convirtiendo los
sentimientos de solidaridad, compasión y justicia, en odio organizado. Muchos
trabajan con el sentimiento de culpa de sectores de la sociedad y hacen del
dolor una prédica obscena que se autocomplace en la exhibición de una
publicitada rectitud moral. Son de los peores demagogos, se especializaron en
ponerse en el lugar de la víctima, dicen “nosotros los argentinos que estamos
hartos de padecer”, buscan identificaciones con la clase media y comparten
indignaciones de fácil consenso. Es propio de cierta pastoral periodística.

Los jóvenes socialistas deben hacer una intensa y comprometida
tarea de aprendizaje teórico y político. Tienen que elaborar teóricamente sus
convicciones éticas. No alcanza con creer, hay que producir saber para
agregarle a lo que se cree en política, alimentar con argumentos la esperanza,
y tener los instrumentos y la capacidad de transmitirlos. Es posible que en el
aparato escolar, en el terreno de los liceos, de las universidades, tengan que
vérselas con el Polo Obrero, grupos guevaristas y maoístas, y sientan la
inclinación de no dejarse correr por izquierda. Por eso deben trabajar mucho
para sentirse con autoridad para combatir esas posturas derrotistas, que buscan
sistemáticamente provocar las peores calamidades para cosechar adhesiones.

No hay que dejarse embaucar por la prédica anticapitalista y
antiglobalizadora que se declama de un modo dogmático y abstracto. Ni
impresionarse por datos diabólicos que remiten a injusticias insoportables. Las
estadísticas y los muestreos de opinión constituyen hoy una de las armas más
refinadas de la sofística.

Hay que trabajar mucho para darle consistencia hoy en día a la
idea socialista. Se debe reflexionar sobre los modos en que se combinan en las
sociedades modernas un mercado dinámico y un Estado atento a las necesidades
comunitarias y al mismo tiempo regulador de las acciones de sus agentes. Es
necesario pensar el modo en que se organiza una fuerza laboral en la que los
gremios agrupan a una minoría de los asalariados mientras una enorme mayoría no
están sindicalizados, trabajan en negro o en gris, están subocupados, o sin
trabajo, o se han convertido en cientos de miles de cuentapropistas. Estaremos
obligados a pensar su presente y su futuro sin obras sociales. Indudablemente
en este problema el rol del Estado es crucial e indeclinable.

Se deberá diagramar una política en la que el federalismo no
sea un feudalismo con un eje central en un Estado manipulador de los recursos
nacionales para así poder domar a las fieras provinciales y atraerlas a su
carril. Por supuesto que es imprescindible pensar en la educación, el tema
eternamente pendiente, que parece un coto reservado de los intereses gremiales
o de componendas políticas, y no una fuerza productiva vital para el
crecimiento de toda la sociedad y para la inclusión de sectores marginados.

Es necesario además deslindar el consumismo, de la política, y
la conducta de un hiperconsumidor del nuevo capitalismo con la formación cívica
de un ciudadano. Cambiar de marca es fácil, no debe trasladarse esta comodidad
a la elección de un político y de una política. Ser ciudadano de una sociedad
democrática, con libertad de elección de dirigentes, libertad de palabra y de
asociación, es una construcción exigente. La democracia republicana no es un
ente natural, sino una labor diaria y un compromiso intelectual. No sólo no
alcanza con la información de los medios masivos de comunicación sino que si
ésta no es digerida y seleccionada con criterios propios e independientes,
puede ser un sedativo que convierta al receptor en un ser pasivo. El bombardeo
informativo nos deja sordos, la catarata de escándalos y de injusticias no
produce más que catarsis doméstica.

Es necesario un aprendizaje para que el ciudadano, gracias a
los recursos que ofrece la tecnología, construya una contraopinión. Un ideario
a contracorriente de la planificación de información y noticias que los grandes
medios, gráficos, televisivos y radiales, lanzan cada minuto hasta los más
recoletos espacios de nuestra privacidad. Un par de horas semanales de consulta
por la infinidad de fuentes informativas que ofrece la red informática, nos puede
ayudar a construir nuestro propio sistema de consultas y a variar puntos de
vista que pretenden congelar una verdad que conviene a cierto poder.

La posibilidad de debate, la voluntad de verdad y la
resistencia a dejarse controlar por la agenda de las empresas mediáticas,
necesitan de esta labor que no sólo es individual sino que puede constituirse
en redes grupales.

La formación del ciudadano no es la misma que la que produce a
un consumidor deseoso de marcas mediante las estrategias del marketing. Pero es
esta una advertencia, una tarea y una responsabilidad de los políticos.
Mientras los políticos traten a los ciudadanos como electores de hipermercado,
mientras cambien de ideario según sus ambiciones del momento, por las
referencias de consultorías y encuestadoras, mientras renuncien con desparpajo
a funciones a las que fueron destinados por la ciudadanía, mientras depositen
en un tacho de desperdicios responsabilidades de las que prometieron hacerse
cargo, que respondan a las necedades dictadas por su feria de vanidades y a su
aplausómetro de bolsillo, estos políticos poco contribuyen a mejorar nuestro
sistema político. Degradan la función pública.

Son varios los casos de este tenor en los que se manosea la
democracia representativa. Regalan así agua para el molino de quienes atacan al
sistema republicano y denuncian la corrupción del sistema electoral. Son los
principales responsables de la apatía política y de la sospecha generalizada
sobre la dirigencia. Son ellos los que se tienen que ir, todos.

Un ministro que deja vacante transitoriamente un cargo clave
del que no puede enarbolar muchos laureles, pero que no lo hace definitivamente
por si las encuestas no lo favorecen, y está a disposición de lo que manden sus
jefes y no la ciudadanía. Un candidato a no se sabe qué, puede ser a presidente
de la nación, puede ser a jefe de gobierno de la Capital Federal, depende de
índices cotidianos y del pulso de la famosa opinión pública, postulante a lo
que sea en nombre de señores para los que una ciudad clave como el distrito
porteño puede ser un trofeo consuelo respecto del país entero. Para qué hablar
de un ejemplo que les es más cercano, de alguien que de acuerdo a su tabla de
megalomanía se creía presidenciable y para iniciar su ascenso y llegar a la
cúspide del estrellato, se ofrece como candidato a jefe de gobierno. Caso
excéntrico, que al no encontrar clientela favorable, se conforma y solicita a
la ciudadanía que lo vote para diputado, y apenas ingresado al recinto gracias
a su ubicación en una lista, le queda chico el cargo, aburrida la misión y
lejana la fama, solicita un visado para viajar en primera clase para realizar
funciones descansadas en una embajada de algún país con dulces perfumes. Se lo
merecía por su publicitada vocación poética. Sin embargo, ante el escándalo
público, el Bardo no llega a su admirado Parnaso y vuelve resignado a sentarse
en el humilde banquillo legislativo para el que fue destinado. Historia de
nunca acabar, más acorde a un síndrome psicológico que a una trayectoria
política, el eterno candidato, siempre en funciones para las que fue electo y
sin cumplir jamás la responsabilidad prometida, se lanza a ser candidato a
gobernador de una de las provincias más importantes del país. Todo esto muestra
una confusión, es la de pensar que Santa Fe es un hipermercado como Wal-Mart y
que los santafesinos son cautivos de góndolas de productos en oferta. No
queremos políticos de saldo, no son bienvenidos los candidatos outlet.

La democracia es otra cosa, y puede serlo, y lo será en esta
provincia, ya sabemos por qué, y gracias, fundamentalmente, a la jerarquía de
quién.

PONENCIA DR DARIO MACOR

Aunque
se trata de la cuarta edición del Foro Económico, Social y Político de la Provincia de Santa Fe,
todos sabemos que esta reunión es diferente a las anteriores. Esta edición pone
en evidencia el crecimiento de un actor político-social que se ha ido
construyendo en estos años, y a la vez, interpela al conjunto de la sociedad
santafesina con un tono diferente al de los eventos anteriores.

De
lo que se trata hoy es de definir un horizonte progresista, y contamos para
ello con dos
premisas fundamentales: un mayor bienestar para Santa Fe y un mejor Estado para todos.

Pero hay también una línea de continuidad manifiesta.
La insistencia en convocatorias de este tipo, a Foros como el que nos reúne hoy
aquí y a otros actos, más pequeños, que se han realizado en estos años, responde
a otro elemento constitutivo de un horizonte progresista: la creencia, la certeza que es necesario
repensar la democracia en la Argentina. La democracia
es un régimen que necesita
ser pensado y recreado permanentemente
. No
puede alimentarse de sus rutinas, de la pura experiencia. Dicho de otra manera:
no se trata de conciliar los intereses tal cual existen, sino de luchar para
reformularlos y reorientarlos en función de un proyecto de mejora de la
sociedad.

Esto
es difícil y requiere del esfuerzo de todos. Pero la democracia que, con
marchas y contramarchas, hemos sabido recuperar institucionalmente los
argentinos en las últimas décadas tiene una deuda con la sociedad que no podemos
ni debemos eludir. N
inguna sociedad merece
llamarse así, ni un Estado lo es cabalmente, si no proporciona a todos sus
habitantes los atributos mínimos de la ciudadanía, para lo que es
imprescindible garantizar un piso irrevocable de derechos a todos y cada uno de
sus habitantes.

Fundamentos para una sociedad de bienestar.

Si el término bienestar alude a una situación de
satisfacción de necesidades, el sentido político del término hace referencia no
sólo a la satisfacción de una necesidad inmediata sino a la proyección en el
futuro de esa capacidad de satisfacer las necesidades. Es decir cuando se
satisfacen las necesidades y se prevé que éstas seguirán siendo satisfechas en
el futuro, lo que implica un adicional de seguridad.

En términos
políticos el concepto de bienestar
está estrechamente asociado al paradigma del Estado Benefactor que ordenó el desarrollo del capitalismo en la
segunda posguerra dando sustento a unos de los círculos virtuosos más notables
de la economía capitalista.

Sabemos hoy, que
bajo ese paradigma del Estado Benefactor se construyeron órdenes estatales muy
diferentes, entre Europa y América Latina, por ejemplo. Estado Social, Estado Benefactor, Estado de Compromiso, Estado Populista,
son múltiples conceptos elaborados en las ciencias sociales para dar cuenta
de realidades políticas y órdenes estatales disímiles. Considerando nuestro
caso nacional, tal vez lo más interesante sea constatar las dificultades del Estado Social criollo de mediados del
siglo XX para promover las políticas sociales desde el principio de la Universalidad.

Por supuesto que esta
dificultad no puede explicarse linealmente, y basta recordar la yuxtaposición
de políticas de salud del primer peronismo, para comprender la complejidad del
tema. El ministro de salud de los primeros años de ese peronismo histórico, Ramón
Carrillo, y su política centrada en el rol del hospital público; paralelamente
al desarrollo de las obras sociales sindicales y la contratación de medicina
privada; pero también del asistencialismo como la suma del particularismo en la
asistencia estatal.

Otro momento
histórico que desnuda contradicciones en una dirección similar es el del
onganiato, el ministerio Kriegger Vassena, y el desarrollo del sindicalismo
empresario asociado al uso del tiempo libre de los asalariados.

No es novedad que el Estado de Bienestar ingresó en un cono
de sombras hace unas tres décadas. La crisis del paradigma no puede disimular
situaciones nacionales muy diferentes de acuerdo al punto de partida de cada
caso y a la forma en que se había instrumentado en cada país el Estado de
Bienestar.

Poner el acento ahora en
una Sociedad de Bienestar implica
recuperar una parte fundamental del paradigma del Estado Benefactor, como es la Universalidad,
pero desde una mirada diferente a la predominante en las décadas del cincuenta,
sesenta y setenta del siglo pasado. Una mirada que demanda una nueva relación
entre Estado, mercado y sociedad. Que jerarquiza el valor de la participación
ciudadana y el rol de las iniciativas sociales, tratando de contrarrestar tanto
el paternalismo estatal, que acompañó al desarrollo de los estados sociales en
nuestra región, como el reino del mercado de los años noventa.

Si se trata de pensar
en los fundamentos de esa sociedad de bienestar, si se trata de concentrarlos
en un punto, yo diría que lo decisivo es el carácter
inclusivo de la sociedad. A diferencia de la sociedad en la que vivimos, en
la que la exclusión social aparece
como un rasgo estructural, una sociedad de bienestar encuentra su principal
fundamento de legitimidad en su capacidad inclusiva.

Como podemos
apreciarlo en estos años de crecimiento económico de nuestro país, el carácter
inclusivo de la sociedad, la posibilidad de construir una sociedad de
bienestar, no es algo que tiene que ver con la naturaleza, ni es inherente al
desarrollo del mercado. El bienestar de una sociedad es el resultado de una
acción política, y esa acción política puede dar este resultado deseado, en la
medida que cuente con los instrumentos adecuados tanto en el territorio de lo
estatal como en el de la sociedad.

Ese carácter inclusivo
de una sociedad de bienestar, tiene al menos cuatro pilares fundamentales, que
son los ejes ordenadores de las dos exposiciones centrales de este panel: la salud y el trabajo; la educación y la
cultura. Cada uno de estos pilares en sí mismo y en su interrelación nos
informan sobre la calidad de la sociedad en la que vivimos. Un estado de la cuestión sobre estos cuatro
pilares, es un estado de situación sobre
la sociedad actual.

Definir un horizonte
posible para la salud, el trabajo, la educación y la cultura es no sólo dejar
constancia de lo que hoy no tenemos, sino también bosquejar una sociedad del
porvenir en la que democracia y bienestar logren mancomunarse.

PONENCIA DEL DR HUGO QUIROGA

Antes de otorgarle el uso de la palabra a Tomás Abraham voy a referirme
brevemente el tema central de la jornada que nos convoca, es decir, “Hacia la
construcción de la
Agenda Progresista
”. Para ello voy a organizar mi
intervención en torno a algunas preguntas.

¿Qué
es una agenda de gobierno?

Es
una selección de asuntos comunes que preocupan a los ciudadanos sobre los cuales hay que actuar. Este
es el punto esencial. La agenda define los asuntos sobre lo que hay que actuar,
y se actúa con políticas públicas, y las políticas públicas son siempre
programas de acción colectiva.

¿Por
qué una agenda progresista?


Porque esta agenda tiene una orientación y un enfoque determinado, que
la caracteriza y la distingue de otras agendas. En una agenda progresista los
programas de acción deben estar siempre orientados por el interés público,
pensando en un mundo en común, en la estructura del vivir juntos. Es decir, pensando en la ciudadanía y en la
solidaridad colectiva para mejorar la vida común.

Una
agenda progresista tiene que fortalecer las instituciones, esto es ya en
sí mismo un programa de reforma de un alcance considerable.

Una
agenda progresista levanta el lenguaje de los derechos, que permite
extender la noción de ciudadanía, proclama el lenguaje de la justicia,
que permite que una sociedad sea más equilibrada y armónica, consagra el
lenguaje de la democracia, que permite la participación, el diálogo
cívico y la cooperación social, establece el lenguaje de la libertad, que
busca poner fin a las esferas de opresión y dominación, instituye el lenguaje
de la igualdad, que rectifica las desigualdades vergonzantes, las
desigualdades inaceptables que existen en nuestra sociedad.

Una
agenda progresista implica también reconocer que se han perdido las visiones de
largo plazo, y que faltan orientaciones estratégicas. Este es el desafío. No
hay política de Estado sin orientación estratégica, sin que se desarrollen las
capacidades estratégicas del país.

Una
agenda progresista lo es también por su enfoque, por el modo en que ella se
confecciona, se elabora. Ese modo es a través de una discusión abierta, amplia,
participativa, y tiene que expresar la vitalidad de la vida pública, la
vitalidad de la sociedad civil, esto es lo que hoy estamos haciendo en este
Foro Social, Económico y Político. Sin
esta agenda el poder político se vuelve frágil
.

¿Cuál
es el enfoque para trabajar una agenda progresista?

Las
pautas y los criterios con los que se ha
trabajado hoy en el Foro. Se trata de adoptar un enfoque transversal
en la selección de los temas que hilvanen problemas, más allá de los temas
clásicos, que siempre están presentes, pero analizados de otra manera, de una
manera interdisciplinaria. Los temas transversales, son temas globales que
atraviesan distintas esferas de intereses. Se busca una visión integral, no tan
parcial o sectorizada, de los problemas o fenómenos.

Ideas rectoras

La
agenda progresista está orientada por dos ideas rectoras: el bienestar y la
acción pública

El Bienestar,
el tema fue introducido en todas las intervenciones de la mañana. El bienestar
es una idea colectiva, es una construcción colectiva, no es individual, tiene
que ver con las relaciones sociales, con los valores compartidos. No se trata
sólo de vivir, sino de vivir en sociedad. La igualdad de bienestar significa
un mayor bienestar, y éste no se puede alcanzar si no es en un marco
colectivo. Lo colectivo, lo común, no significa lo homogéneo, es respetar la
heterogeneidad y la diversidad.

El
bienestar apunta a una vida mejor, a una “vida buena”, decían los
antiguos, en un sentido integral. Por eso, la construcción del bienestar se
forja en el ámbito público, sobre la base de valores compartidos por la
sociedad. El bienestar no es una adquisición personal sino un proyecto,
un proyecto de organización social que estructura y da sentido al porvenir de
una sociedad. Por eso es una construcción colectiva y es fundamental que los
crean en ese proyecto, adhieran y participen activamente y lo incluyan como un
valor compartido.

En
cuanto a la segunda idea rectora, la acción pública, ella hace
referencia al Estado, pero lo desborda, lo excede, se refiere también a la
acción de las instituciones de la sociedad civil. La acción pública se llama actividad,
es una invitación a la acción. El fin de la acción pública es la ampliación
de las oportunidades
, es extender las oportunidades a los que menos tienen,
y las oportunidades son opciones, posibilidades de elegir. Las opciones son
siempre derechos.

La
acción pública incluye, sin duda, la acción del Estado, y la política pública
es el instrumento al servicio del bienestar colectivo. Se trata de mejorar
el Estado
, de volverlo más eficiente, en sus dos dimensiones institucional
y cívica. En su dimensión institucional hablamos del Estado de derecho,
del respeto a la ley, de la garantía de los derechos fundamentales, del acceso
de todos a la justicia, del respeto a la división de poderes. En su dimensión
cívica hablamos de una relación de pertenencia, el Estado como unidad de
representación, de un Estado en el cual los ciudadanos se reconozcan, y se
respeten los derechos individuales.

Lo
público es uno de los grandes conceptos del progresismo. Lo público es
un ámbito común, es un “mundo común”, es un lugar de deliberación y actuación
colectiva. En esta concepción prevalece una ética de la deliberación, sobre
todo en una época en la cual los cuerpos deliberativos ser ven menoscabados por
la ampliación de la esfera de atribuciones del Ejecutivo. Lo público es un
compromiso político con el bienestar colectivo. Más sencillamente, es
prestar atención a los demás
. Por eso, la primacía de lo público para el
pensamiento progresismo.

El
bienestar y la acción pública son las dos caras inseparables de la “vida buena”.
Una sostiene a la otra. Las dos ideas rectoras están guiadas por la responsabilidad
individual y colectiva, por las capacidades cívicas, por la igualdad y la libertad.