PONENCIA DE TOMAS ABRAHAM
Es la quinta vez en algo más de un año que les hablo a
militantes socialistas. La primera vez fue en el congreso nacional de la
juventud socialista realizado en San Luis. Luego
a una discusión abierta con su grupo de trabajo en la ciudad de Rosario. Hablé
para
congreso de la Federación Agraria, y finalmente, hace unos meses, en la sede
del
socialista de
Para poder encontrar una línea de fuerza, una problemática
constante en mis comunicaciones, debo despejar un poco la maleza y percibo la
insistencia en dos temas. Uno es la aceptación de la modernidad, el interés por
ella, y
una discusión permanente sobre las experiencias políticas y los nuevos
procedimientos en la gestión económica del mundo globalizado. El otro es el
ponerse a trabajar en las cuestiones concretas y ser prácticos en la visión de
la política.
Indudablemente tengo un arraigado escepticismo respecto de la
política como una forma de la retórica, fundamentalmente del pontificado
moralizador. No porque la honestidad no sea un valor necesario para que la
sociedad tenga confianza en sus dirigentes, sino porque la declamación moral es
una de las mejores formas que la sociedad argentina ha encontrado para dejar
que todo siga como está. El sentimentalismo ha ocupado el lugar de la
inteligencia, y cuando esto ocurre lo que sucede es que no se llegan a conocer
los problemas y menos a ofrecer soluciones.
Por otra parte, respecto de la política nacional, me ha
parecido que la mejor forma de ofrecer una alternativa política a la sociedad
argentina es justamente eso, mostrarse como alternativa y no enarbolar la
palabra oposición. No porque no haya que oponerse, sino para oponerse de otro
modo, de un modo más creíble.
No hay ejercicio más fácil, labor de menor costo, que
encontrar las falencias de una política gubernamental, y subrayar los rasgos
negativos de una conducción. Lo saben los que gobiernan y los que alguna vez
gobernaron, y los que gobernarán. Por eso el ejercicio de la gestión pública,
la confrontación diaria con los problemas de la comunidad, la permanente
negociación con grupos de intereses que defienden sus espacios de poder y el
entrevero de la puja sectorial, es lo que mejor prepara a un político.
Insisto en la formación del político. La gestión es sin duda
en donde se foguea la práctica y en donde se dirimen las luchas de la dinámica
social, pero la preparación para esta gestión necesariamente le es anterior y a
la vez debe ser permanente. De ahí que creo que los jóvenes deben comprender
que ser socialista no es una entidad semejante a ser hincha de un club de
fútbol, es una responsabilidad y una disciplina.
La temática de los derechos humanos, la de la solidaridad
social, la de la equidad, son principios básicos para la elección de una vía
progresista. Pero no es suficiente y les diré por qué hallo en esto alguna
dificultad.
Una es que estos principios no distinguen a las fuerzas
políticas entre sí, porque no hay ninguna que no se reclame defensora de los
mismos. Son parte del acerbo civilizatorio y se practique o no, de modo sincero
o hipócrita, ya no distingue formaciones ideológicas antagónicas y allí en
donde debería separar no hace más que confundir. Para que la prédica por los
derechos humanos sea eficaz y tenga proyección educativa debe ser ella también
concreta. Con esto quiero decir que es en el presente, en las garantías
ciudadanas respecto de la actualidad y no tanto en los retornos arbitrarios y
oportunistas al pasado en donde se construye una mejor sociedad para el futuro.
Que el mundo ha cambiado ya es una obviedad, casi una
banalidad. Pero que se hayan sacado las consecuencias de estos cambios, es un
asunto muy diferente. Así como se dice que nuestro país demoró demasiado tiempo
en aceptar que los aliados ganaron la Segunda Guerra Mundial, y que EE.UU.
marcaría los tiempos por venir, del mismo modo hay una cierta resistencia a
aceptar que en el año 1989 algo pasó en la geopolítica mundial. Las fechas por
supuesto son arbitrarias, no es que lo sucedido con el fin del acuerdo de
Bretton Woods en los setenta y
capitales financieros o los petrodólares no se ponderen como hechos decisivos
de las últimas décadas, pero no tienen la resonancia cultural que sí tiene el
desmoronamiento del socialismo de Estado, la nueva Unión Europea, y el inédito
y poderosísimo modelo chino en la actualidad.
La idea de trabajo ha cambiado, la estabilidad laboral parece
de otra época, la pertenencia a instituciones consolidadas durante
el funcionarato estatal, la misma inclusión y sentimiento de pertenencia en
corporaciones públicas y privadas, el valor de la lealtad, el de la
experiencia, el mismo reconocimiento de un trabajo bien hecho, han sido
vapuleados en el terreno de los valores y en el de la realidad. Velocidad,
brevedad y novedad parecen ser los íconos de estos tiempos.
El sociólogo norteamericano Richard Sennet, en sus últimos e
interesantísimos trabajos dedicados a las consecuencias culturales de los
tiempos modernos en este –él lo llama así– Nuevo Capitalismo, señala los
cambios en los siguientes aspectos: la globalización de la fuerza laboral, la
importancia de la revolución informática, la presión de una temporalidad regida
por el cortoplacismo, la desvalorización de la experiencia acumulada, la falta
de instituciones que otorguen a individuos y grupos una identidad personal y
colectiva, y las consecuencias morales que trae un mundo de flexibilización e
imprevisión en las relaciones humanas, se refiere a la indiferencia, a la
anestesia emotiva y fatiga moral por saturación icónica e informativa.
Una posición progresista en la política no asegura la lucidez
respecto de la comprensión de estos fenómenos. Ni es una garantía ética ni una
ventaja cognitiva. La palabra izquierda como la palabra derecha no son
incuestionables vallas que dividen a la humanidad en dos bloques morales. Los
crímenes que se pueden perpetrar a los pueblos en nombre de la justicia de
clase, el terrorismo criminal que se justifica en valores de liberación, las
políticas estatales que a cambio de sistemas eficientes de salud diagraman un
aparato policial que no tiene fronteras y hace de cada rincón de la
de espías, conlleva a que no se pueda en nombre de la izquierda asegurarse complicidad
alguna que sitúe a sus protagonistas en el lugar del Bien y en la
representación y defensa de la Víctima.
Raymond Aron, un maestro de la sociología moderna, en los
tiempos en que la intelectualidad francesa era hegemonizada por la figura de
Sartre, decía cosas de reaccionario. Pensaba que izquierdas y derechas se
remitían a dos concepciones acerca del cambio en la sociedad. No definía a la
derecha según la tradición ideológica como defensora del statu quo, ni
inscribía a la izquierda en el frontispicio de la revolución.
Por supuesto que estas cosas tildadas de reaccionarias fueron
retraducidas en reinvindicaciones humanistas luego de los crímenes de Camboya y
de la lucha por los derechos humanos en Polonia. Allí Aron fue saludado por el
mismo Sartre.
El pensamiento de izquierda puede ser muy conservador, no en
un sentido político, sino existencial. Conservador por no atreverse a pensar, a
plantearse preguntas incómodas, a no aceptar los límites que imponen la cultura
y la realidad histórica de los pueblos, por miedo a quedarse sin doctrina, por
temor a cambiar.
Siempre habrá maximalistas y extremistas políticos, gente de
barricada y encapuchados. No se puede negar que la resistencia y la defensa
propia de comunidades y pueblos no son sólo retóricas y que la desesperación
lleva a luchar contra dictaduras, terrorismo de Estado, mafias parapoliciales,
por medios violentos. Los resultados de estas batallas pertenecen a la misma
catástrofe que las provoca. Una nueva tiranía o la fragmentación territorial conforman
el nuevo paisaje diezmado.
Tampoco faltarán ideólogos e intelectuales que busquen
prestigios personales estimulando actitudes suicidas o convirtiendo los
sentimientos de solidaridad, compasión y justicia, en odio organizado. Muchos
trabajan con el sentimiento de culpa de sectores de la sociedad y hacen del
dolor una prédica obscena que se autocomplace en la exhibición de una
publicitada rectitud moral. Son de los peores demagogos, se especializaron en
ponerse en el lugar de la víctima, dicen “nosotros los argentinos que estamos
hartos de padecer”, buscan identificaciones con la clase media y comparten
indignaciones de fácil consenso. Es propio de cierta pastoral periodística.
Los jóvenes socialistas deben hacer una intensa y comprometida
tarea de aprendizaje teórico y político. Tienen que elaborar teóricamente sus
convicciones éticas. No alcanza con creer, hay que producir saber para
agregarle a lo que se cree en política, alimentar con argumentos la esperanza,
y tener los instrumentos y la capacidad de transmitirlos. Es posible que en el
aparato escolar, en el terreno de los liceos, de las universidades, tengan que
vérselas con el Polo Obrero, grupos guevaristas y maoístas, y sientan la
inclinación de no dejarse correr por izquierda. Por eso deben trabajar mucho
para sentirse con autoridad para combatir esas posturas derrotistas, que buscan
sistemáticamente provocar las peores calamidades para cosechar adhesiones.
No hay que dejarse embaucar por la prédica anticapitalista y
antiglobalizadora que se declama de un modo dogmático y abstracto. Ni
impresionarse por datos diabólicos que remiten a injusticias insoportables. Las
estadísticas y los muestreos de opinión constituyen hoy una de las armas más
refinadas de la sofística.
Hay que trabajar mucho para darle consistencia hoy en día a la
idea socialista. Se debe reflexionar sobre los modos en que se combinan en las
sociedades modernas un mercado dinámico y un Estado atento a las necesidades
comunitarias y al mismo tiempo regulador de las acciones de sus agentes. Es
necesario pensar el modo en que se organiza una fuerza laboral en la que los
gremios agrupan a una minoría de los asalariados mientras una enorme mayoría no
están sindicalizados, trabajan en negro o en gris, están subocupados, o sin
trabajo, o se han convertido en cientos de miles de cuentapropistas. Estaremos
obligados a pensar su presente y su futuro sin obras sociales. Indudablemente
en este problema el rol del Estado es crucial e indeclinable.
Se deberá diagramar una política en la que el federalismo no
sea un feudalismo con un eje central en un Estado manipulador de los recursos
nacionales para así poder domar a las fieras provinciales y atraerlas a su
carril. Por supuesto que es imprescindible pensar en la educación, el tema
eternamente pendiente, que parece un coto reservado de los intereses gremiales
o de componendas políticas, y no una fuerza productiva vital para el
crecimiento de toda la sociedad y para la inclusión de sectores marginados.
Es necesario además deslindar el consumismo, de la política, y
la conducta de un hiperconsumidor del nuevo capitalismo con la formación cívica
de un ciudadano. Cambiar de marca es fácil, no debe trasladarse esta comodidad
a la elección de un político y de una política. Ser ciudadano de una sociedad
democrática, con libertad de elección de dirigentes, libertad de palabra y de
asociación, es una construcción exigente. La democracia republicana no es un
ente natural, sino una labor diaria y un compromiso intelectual. No sólo no
alcanza con la información de los medios masivos de comunicación sino que si
ésta no es digerida y seleccionada con criterios propios e independientes,
puede ser un sedativo que convierta al receptor en un ser pasivo. El bombardeo
informativo nos deja sordos, la catarata de escándalos y de injusticias no
produce más que catarsis doméstica.
Es necesario un aprendizaje para que
los recursos que ofrece la tecnología, construya una contraopinión. Un ideario
a contracorriente de la planificación de información y noticias que los grandes
medios, gráficos, televisivos y radiales, lanzan cada minuto hasta los más
recoletos espacios de nuestra privacidad. Un par de horas semanales de consulta
por la infinidad de fuentes informativas que ofrece la red informática, nos puede
ayudar a construir nuestro propio sistema de consultas y a variar puntos de
vista que pretenden congelar una verdad que conviene a cierto poder.
La posibilidad de debate, la voluntad de verdad y la
resistencia a dejarse controlar por la agenda de las empresas mediáticas,
necesitan de esta labor que no sólo es individual sino que puede constituirse
en redes grupales.
La formación del ciudadano no es la misma que la que produce a
un consumidor deseoso de marcas mediante las estrategias del marketing. Pero es
esta una advertencia, una tarea y una responsabilidad de los políticos.
Mientras los políticos traten a los ciudadanos como electores de hipermercado,
mientras cambien de ideario según sus ambiciones del momento, por las
referencias de consultorías y encuestadoras, mientras renuncien con desparpajo
a funciones a las que fueron destinados por la ciudadanía, mientras depositen
en un tacho de desperdicios responsabilidades de las que prometieron hacerse
cargo, que respondan a las necedades dictadas por su feria de vanidades y a su
aplausómetro de bolsillo, estos políticos poco contribuyen a mejorar nuestro
sistema político. Degradan la función pública.
Son varios los casos de este tenor en los que se manosea la
democracia representativa. Regalan así agua para el molino de quienes atacan al
sistema republicano y denuncian la corrupción del sistema electoral. Son los
principales responsables de la apatía política y de la sospecha generalizada
sobre la dirigencia. Son ellos los que se tienen que ir, todos.
Un ministro que deja vacante transitoriamente un cargo clave
del que no puede enarbolar muchos laureles, pero que no lo hace definitivamente
por si las encuestas no lo favorecen, y está a disposición de lo que manden sus
jefes y no la ciudadanía. Un candidato a no se sabe qué, puede ser a presidente
de la nación, puede ser a jefe de gobierno de la Capital Federal, depende de
índices cotidianos y del pulso de la famosa opinión pública, postulante a lo
que sea en nombre de señores para los que una ciudad clave como el distrito
porteño puede ser un trofeo consuelo respecto del país entero. Para qué hablar
de un ejemplo que les es más cercano, de alguien que de acuerdo a su tabla de
megalomanía se creía presidenciable y para iniciar su ascenso y llegar a la
cúspide del estrellato, se ofrece como candidato a jefe de gobierno. Caso
excéntrico, que al no encontrar clientela favorable, se conforma y solicita a
la ciudadanía que lo vote para diputado, y apenas ingresado al recinto gracias
a su ubicación en una lista, le queda chico el cargo, aburrida la misión y
lejana la fama, solicita un visado para viajar en primera clase para realizar
funciones descansadas en una embajada de algún país con dulces perfumes. Se lo
merecía por su publicitada vocación poética. Sin embargo, ante el escándalo
público, el Bardo no llega a su admirado Parnaso y vuelve resignado a sentarse
en el humilde banquillo legislativo para el que fue destinado. Historia de
nunca acabar, más acorde a un síndrome psicológico que a una trayectoria
política, el eterno candidato, siempre en funciones para las que fue electo y
sin cumplir jamás la responsabilidad prometida, se lanza a ser candidato a
gobernador de una de las provincias más importantes del país. Todo esto muestra
una confusión, es la de pensar que Santa Fe es un hipermercado como Wal-Mart y
que los santafesinos son cautivos de góndolas de productos en oferta. No
queremos políticos de saldo, no son bienvenidos los candidatos outlet.
La democracia es otra cosa, y puede serlo, y lo será en esta
provincia, ya sabemos por qué, y gracias, fundamentalmente, a la jerarquía de
quién.
